La escolaridad
obligatoria es un proyecto optimista que debe ser extensible a todos, en tanto
que se apoya en los valores de la racionalidad y de la democracia, que eleva la
condición humana. Si es un derecho universal, a nadie se le puede negar. La primera
manifestación del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en
haber convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual
implica el supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y,
por tanto, tiene que recibir educación. Si la apropiación de la cultura
incrementa la dignidad humana potenciando sus disponibilidades, nadie puede
quedar excluido de tal beneficio.
La educación
moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de las limitaciones de su
origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la circunstancia de haber
nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones es algo que se puede
corregir. La educación escolar no es una influencia espontánea, sino dirigida
por la reflexión de los seres humanos que la rigen, que es asumida, encarnada y
moldeada por cada profesor. La docencia no es un trabajo cualquiera, pues se
suma al proceso de humanización, a la realización de una utopía que lleva a los
sujetos y a la sociedad más allá de donde el
profesor se los
encuentra.
La historia de la
progresiva implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse
con resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos
efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias
acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión
estratificada de la sociedad. Mujeres, niños de clases populares, sujetos con
dificultades, miembros de grupos raciales dominados han sido y son discriminados
en la educación. Según el pionero de la medición de las aptitudes humanas, BINET
(1985; obra publicada por primera vez en 1909), la escuela moderna tenía que
aprovechar las posibilidades de conocer y clasificar a los estudiantes de
acuerdo con la medición de sus capacidades. Éstas eran concebidas como si
fuesen aptitudes ajenas a las influencias educativas. Aunque su posición no se encuadraba
en el innatismo, pues quiso que sus pruebas sirvieran para identificar las
necesidades educables de los niños retrasados, la teoría y la práctica de la
medición a través de pruebas mentales estuvieron, y siguen estando, al servicio
de la clasificación jerarquizadora y de la inmovilidad social apoyada en el
biologicismo. Para las posturas progresistas, que tienen su raíz en la visión
optimista acerca de la bondad natural de los seres humanos y en la idea de la
igualdad entre ellos, los límites de los sujetos tienen origen cultural y
social. La cultura en la que se nace y de la que se nutre el desarrollo es lo determinante.
La mente humana tiene una base biológica, pero lo que se haga con ella depende
de las experiencias y de la cultura que dan contenidos a las capacidades
posibilitadas por dicha base.
Este supuesto
progresista ha ido rompiendo prejuicios y asentándose paulatinamente, lo que ha
llevado a incorporar al colectivo de los considerados como “educables” a las
mujeres, que en el primer planteamiento moderno fueron excluidas, por creerlas
subdotadas y de un rango menor respecto del varón; también a los hijos de las
clases populares, a los que todavía se cree en algunos sectores conservadores
que están en desventaja social o que son pobres por no ser su naturaleza
educable; a minorías o mayorías raciales, consideradas infradotadas respecto del
hombre blanco; a los sujetos que muestran deficiencias de diverso signo, que en
un principio fueron vistos como frutos del pecado o, simplemente, alguien que
resultaba irrecuperable. La historia del progreso inclusor está hecha de luchas
sociales y políticas por desterrar privilegios y por el reconocimiento de la
igualdad como posibilidad y como realidad. Para creerla posible y realizable
han sido fundamentales los cambios en las concepciones sobre la naturaleza humana.
La
escolarización obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino
hacia la igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna
condición (género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una
educación diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no
recibe ninguna, entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y
otros. La escolarización es camino problemático para la consecución de más
igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las diferencias en la
cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a una mayor
desigualdad. Aunque se trate de un optimismo moderado, se puede decir que la
educación evita mayores desigualdades y puede ser un medio para corregirlas, si
va acompañada de otras medidas. Las desigualdades
en cuanto a la educación tienen hoy consecuencias, más allá de causar
diferencias sobre las oportunidades que vayan a tenerse. Recibir o no educación
es condición para la participación en la sociedad, desde el momento en que para
desempeñar el ejercicio de muchas actividades y puestos de trabajo se requiere
una preparación previa, así como herramientas y habilidades para adquirirla. Las
sociedades son hoy, además, cambiantes; presentan a los individuos panoramas
variables y condiciones de vida en las que resulta difícil asentarse de una vez
para siempre, exigiéndoles cambios y adaptaciones constantes. Los más educados podrán
entender mejor esas situaciones y disponer de más capacidad y de una mayor
flexibilidad para acomodarse a las condiciones mudables.
La
virtualidad más significativa que hoy desempeña la educación para todos es la
de la inclusión. Si no se dan las condiciones mínimas necesarias para que las
desigualdades puedan comenzar a corregirse, no sólo estamos ante un problema de
injusticia, sino ante el abismo entre seres humanos que no sólo discrimina a
los desfavorecidos, sino que los aparta definitivamente de la sociedad. En la
cultura actual, la desigualdad para penetrar en las sociedades del conocimiento
es de tal amplitud, que cada vez se requerirá más atención hacia los débiles
para que no queden definitivamente excluidos. Ser más o menos educado, haber
disfrutado o no de la escolarización, es un problema de poder ser, estar y
sentirse como sujeto que se sabe a sí mismo actor en la sociedad, necesario e
importante para algo y para alguien.